La agonía de la espera… (María: el monstruo nos atacó 3)

Luego de atrevernos a dar ese primer paso y salir de nuestras casas para conocer todos los daños causados por la furia de María, pudimos constatar que la realidad superaba con creces la imaginación, y el concepto posiblemente erróneo que teníamos de la fuerza destructora de un huracán categoría 5, o 4 como algunos entendidos en meteorología propagaron semanas después por los medios noticiosos. Como sea, nos impactó totalmente, y quizás en algunos pueblos más destrucción causó, pero lo que no debemos negar es que nuestras vidas cambiaron a partir de esa noche y madrugada del 20 de septiembre de 2017.

Sentimos un desgarre en nuestro corazón al ver las primeras escenas.

Nada quedaba de la indiferencia y broma con que muchas personas tomaron los informes meteorológicos y del gobierno. No iba a pasar. Se desviaría, como siempre.

Yo personalmente no tomé las cosas a broma, pero estaba esperanzado de que sucedería exactamente lo que muchos puertorriqueños anhelaban y pronosticaban.

Cuando quisimos reaccionar ante la magnitud del monstruo, ya era un poco tarde.

Algunos se prepararon debidamente, e invadieron los supermercados para compras necesarias de última hora. Otros, prefirieron llenar sus neveras imprudentemente de carnes y alimentos que no durarían más de 3 o 4 días sin refrigeración, en lugar de provisiones no perecederas como la siempre presente jamonilla, salchichas y Chef Boyardee. El manjar preferido y obligatorio de los puertorriqueños ante eventos de tal naturaleza. El agua, las baterías para las linternas y las velas tampoco podían faltar. Con la prisa, algunos olvidaron los cerillos o fósforos para encender las velas. Otros, hasta suplir de gasolina los carros y retirar dinero del cajero automático. Como a mí, lo reconozco.

Pero nos preparamos, que era lo importante.

Aunque por muy pocos días. Irma, el otro ciclón que precedió a María, había dejado los bolsillos vacíos y una actitud de indiferencia ante las noticias de que una catástrofe huracanada se acercaba a pasos agigantados en dirección a Puerto Rico.

Nada iba a suceder, y si lo hacía, los daños serian mínimos. Era nuestra esperanza.

Las ráfagas de 150 millas o más por hora acabaron con esa ínfima posibilidad.

El monstruo no hizo excepciones. Era la hora de la realidad que viviríamos de ahí en adelante por muchos años.

Y tuvimos que aceptarlo así. No podíamos negarlo, aunque quisiéramos.

Miles de familias perdieron sus propiedades, negocios completos desaparecieron, tanto por los vientos como por el agua salida de cauce de los ríos. Las carreteras quedaron intransitables por los postes y cables caídos y por la devastación de sus estructuras. La desolación de un pueblo entero se palpaba en el triste ambiente que nos envolvía.

Comunidades enteras quedaron aisladas sin comunicación y también por no poder salir de las mismas debido a la caída de caminos vecinales, puentes y árboles.

El aniquilamiento sistemático fue increíble. Automáticamente, decenas de miles de empleados quedaron en la calle en medio de la imprevista embestida del fenómeno.

Los sistemas bancarios se fueron al piso totalmente, y el retiro de dinero para poder subsistir quedó en manos de algunas escasas entidades, mayormente bancos, pues las cooperativas tardaron un poco más en restablecer sus operaciones automatizadas.

Largas filas en los supermercados y gasolineras se convirtieron en el pan nuestro de cada día, y el levantarse a mitad de la madrugada para buscar una bolsita de hielo se trasformó en una odisea riesgosa por la reinante oscuridad que envolvía al pueblo. Hasta los mosquitos, esos inseparables amiguitos de la picada que nos atormentaban por las noches.

Pero teníamos que sobrevivir esos primeros momentos que luego se convirtieron en largos días y meses en tinieblas. Tardarían bastante en arreglar lo que invariablemente desde hace años no funcionaba adecuadamente. Un simple viento colapsaba el sistema eléctrico. Un huracán como María acabó con la perorata establecida y repetida, tanto por la agencia concernida como del gobierno, de que nuestro sistema resistiría un evento de esta naturaleza. Puro argumento falso que tuvieron que desechar obligatoriamente por el daño causado, postes caídos y escasez de materiales para repararlos o cambiarlos rápidamente.

No estábamos preparados. La toma de decisiones en beneficio de la ciudadanía por parte del gobierno y las dependencias de servicios esenciales como la energía eléctrica y las comunicaciones se dilató significativamente, redundando en más desesperación de un pueblo que no comprendía la razón de tanta lentitud en restablecer la normalidad a la que estábamos acostumbrados. Desde arriba hasta abajo fallamos. Hubo decisiones acertadas, aunque lentas, pero también muchos desaciertos a la hora de fijar responsabilidades para levantarnos nuevamente. No sabían qué hacer. Comprensible de cierta manera. Nunca nos habían golpeado y casi arrodillado así. La agonía había empezado.

Puerto Rico se levanta. Bonito eslogan, una frase representativa de la batalla que comenzaríamos para volver a ser lo que fuimos, un pueblo que jamás se rinde ante la adversidad, aunque no haya sabido luchar en infinidad de ocasiones por los derechos que nos corresponden y que gobernantes de turno violan repetidamente. Algunos puertorriqueños tergiversan el significado real de esta frase, convirtiéndola en una especie de licencia para romper los esquemas impuestos de una sociedad establecida como ente jurídico, económico y democrático, y comportándose de la peor manera imaginable, siendo egoístas en vez de solidarios con el vecino que nos necesita y que no posee los mismos recursos que nosotros.

Si algo ha caracterizado al puertorriqueño desde tiempos inmemoriales ha sido la empatía y confraternización hacia los demás en momentos de dolor y necesidad, pero con el trascurso de los años se ha perdido una gran parte de la misma en aras de una modernización social y económica que ha derivado de desconocimiento de los valores tradicionales que nos regían como pueblo. No somos los mismos, y duele reconocerlo. La simpatía y solidaridad de esos primeros días en que nos comunicábamos mejor, probablemente, ha desaparecido gradualmente según se ha ido normalizando la situación.

El acercamiento al vecino y al familiar, las charlas interminables, la unión existente en medio de la adversidad bajo la luz de una vela o linterna, ha mermado, evaporado, acabado, volviendo a ser lo que éramos antes de María.

María destruyó las bases en la que nos cimentamos como pueblo, pero no acabó con el espíritu de lucha ni nuestro corazón indomable para levantarnos del empujón brutal que nos propinó. El guapo del barrio abusando del débil. Pero no somos débiles.

Sufrimos ese 20 de septiembre. Lloramos, temblamos, y le pedimos al Señor que alejara al monstruo que nos atacaba inmisericordemente y que sacudía en cada ráfaga nuestros hogares.

Nuestro angustioso clamor se escuchó, y se redujo el tiempo de ataque del huracán, pero no sin antes darnos una lección que nunca olvidaremos.

Una enseñanza de vida. Básica para que sobrevivamos y nos levantemos, como dice el eslogan. La espera convirtiéndose en fortaleza para seguir adelante. Demostrar de lo que estamos hechos es la tarea principal de todos nosotros para resurgir del abismo en el que ya estábamos hundidos, y en el que María nos hundió más. Como dije anteriormente, lloramos, todos, y no es vergüenza el admitirlo, pero sí lo es si seguimos lamentándonos por lo que ya sufrimos, y no hacemos absolutamente nada para remediarlo. La acción comienza ahora. María sucedió, y punto.

Si realmente deseamos hacerlo, levantarnos, debemos aprender a ser humildes ante Dios, dejar a un lado nuestra prepotencia como ser humano, y enfocarnos en ser mejores personas de ahora en adelante. Tenemos que abandonar las viejas costumbres de vivir únicamente para nosotros, y vivir también para los demás. Se puede hacer. Es cuestión de querer.

Quizás esto no sea suficiente para una próxima ocasión, porque es largo y angosto el camino por andar y mucha la indiferencia, pero ciertamente nos ayudará.

Un monstruo, por más poderoso que sea, nunca acabara con el espíritu de nuestra gente. Muchos pueblos siguen a oscuras y desesperados, pero confiando en Dios, pronto, muy pronto, llegará el auxilio que necesitan. Todos pedimos por ese milagro.

Muchos pensarán que María fue el final de un pueblo.

Yo creo que es el comienzo de muchas cosas buenas por venir. De la adversidad aprendemos, y buscamos nuevos caminos para recorrer desde cero.

Tengo fe en que así será.

Escritor de Puerto Rico. Autor de ocho libros, entre ellos la saga de Susurros Mortales, Deadly Whispers, Al Final del Abismo, Tu Peor Enemigo Siempre Serás Tú y otros. A la venta en Amazon, Apple iBooks, Barnes&Noble, Kobo, y en todas las principales plataformas digitales.

2 Replies to “La agonía de la espera… (María: el monstruo nos atacó 3)”

  1. Magnífica reseña de un dolor. Uno que deja un fenómeno cuyo nombre indica amor maternal, amor por aquel a quien me imagino se encomendaban en esos momentos. También, me imagino, muchos pedían a María, madre de Dios, que los salvara y protegiera.
    Pero lo relevante de esto es que estoy seguro de que si hay muchos puertorriqueños que piensan en los demás, que desearían tener más brazos para ayudar a sus semejantes. Lo sé por que tengo escritas las palabras de cuando menos dos de ellas. Y como decimos, “para muestra basta un botón.” La fe no debe perderse. Ella mueve montañas y corazones. Yo la tengo, Siento amar a su isla porque estas dos personas me han enseñado. Sus nombres: María Maritza y Miriam. Curioso ¿verdad? Nombres similares al del fenómeno que acabó con la esperanza de muchos, pero si muchos tuvieran el amor que ella tienen por sus semejantes, PT estaría de pie más pronto. Un sincero deseo de pronta recuperación.
    Juan Ramón Ruiz N. (mexicano que quiera ser escritor).

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